Amanece, son las 06:05
horas. Las primeras luces del alba iluminan la Laguna Santa Rosa y
las manchas oscuras de los flamencos que duermen, comienzan a
delinearse sobre un fondo blanco-aluminio, es el reflejo de la luz
sobre el agua congelada. Todo este panorama coronado por una quietud
y silencio sobrecogedor, sólo perturbado por un leve viento, lo que
hace de este momento, de esta vista, algo maravilloso. Estás allí,
solo frente a la naturaleza, y comprendes su verdadera majestuosidad
y su gran poder infinito.
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| Laguna Santa Rosa. Refugio CONAF. |
Los flamencos duermen
sobre una de sus patas que queda atrapada en el hielo pues la
temperatura ha bajado tanto durante la noche que la superficie de la
laguna está congelada, sin embargo, todas las aves están agrupadas
hacia el extremo noreste del acuífero que, curiosamente, es el
primer sector en descongelarse. Los flamencos parecen saber esto
desde hace mucho tiempo, quizás trasmitido de generación en
generación, y lentamente comienzan a moverse, a alzar sus alas, pero
no hay ni un solo graznido, sólo el silbido del viento que se cuela
por entre cerros y quebradas.
Se aconseja al turista o
al visitante no acercarse demasiado a las aves pues los flamencos
ante la presencia del ser humano despiertan y tienden a volar, y al
hacerlo se fracturan la extremidad en la que están apoyados y presa
del hielo. Esto, al poco tiempo, les provoca la muerte.
Más tarde, aparece el
astro rey sobre la cumbre del Nevado Tres Cruces y nos anuncia que
será un buen día, claro y con poco viento. Los cerros aledaños,
como el Santa Rosa y Siete Hermanas, amanecieron con sus picos
nevados.
Programamos una caminata
al extremo noreste de la laguna (los flamencos ya han emprendido el
vuelo) como una forma de adiestramiento y aclimatación del
organismo; hay que subir un pequeño cerro. El cansancio es evidente
y aumenta la frecuencia cardíaca, hay momentos que el corazón
parece “salirse por la boca”.
Erik y Sebastian -un
amigo que estudio ecoturismo y es el tercer integrante de la
expedición-, no sufren más que cansancio, pero yo padezco de
dilatación de la mucosa nasal y de los lagrimales, que no cesan de
expeler líquido, lo que a veces es tan intenso que impide ver y
continuar caminando. Es imposible mirar el agua ya descongelada de la
laguna pues el reflejo del sol irrita aún más la vista. Es la
ceguera de montaña. Debo caminar tres pasos, parar, secar mis ojos,
y continuar. Así por un buen tramo de la caminata que a veces parece
interminable.
Recogimos algunas rocas
de calcedonia para análisis. La caminata duró dos horas. Avistamos
sólo cuatro flamencos y una pareja de piuquenes, que nos miraron con
curiosidad a corta distancia.
Alrededor de las 12.00
horas avistamos dos vicuñas en el margen sur de la laguna. Sebastian
pudo acercarse lo suficiente para fotografiar una de ellas.
Posteriormente, se avistó una tropilla de estos camélidos,
posiblemente unos 15 ejemplares. Uno de ellos esta muy delgado, cojea
al caminar y su pelaje está muy revuelto, desordenado, algunos
mechones caen de su cuerpo al iniciar un breve trote. Probablemente
sufre de sarna.
Luego, alrededor de las
16:00 horas, apreciamos en la laguna cuatro gaviotas. La flora típica
de este humedal este bien conservada, no hay contaminación como
desechos o basura dejadas por visitantes.
La tarde llega a su fin.
Sopa, pan y galletas son nuestras onces-comida. Empieza a correr un
viento helado y preparamos nuestros sacos de dormir, no sin antes
bromear y recordar un viejo dicho del altiplano boliviano: “en la
montaña hay que andar despacito, comer poquito y dormir solito”.